Creo que el llanto siempre sana, siempre limpia.En las ruinas de Tiwuanaku, cerca de la ciudad de La Paz, en Bolivia, descubrí los pozos.Desde hacía tiempo venía leyendo a un japonés que hablaba de pozos, de pozos que atormentan, que te hacen pensar en la vida, en la importancia de la vida. Esos pozos que te molestan, le pican los ojos, te contracturan la cervical y te hacen llorar mares sin saber exactamente por qué.
Esta cultura pre-incaica construyó habitaciones subterráneas, pozos, para que sus jóvenes pudieran internarse a pensar-se, a madurar, a crecer, a construir sus parámetros y destruir los impuestos, a decidir, a hacerse cargo. Los pozos, en todas las culturas, supongo, son la idea de la edificación del hombre sobre si mismo. Los pozos son necesarios, prescindir de ellos puede hacerlo sentir a uno más liviano pero, y directamente proporcional, también menos responsable de si.
Porque uno es, sufre, disfruta, vive, cambia, CAMBIA. Y si la vida es vida y es una, tiene que ser, tenemos que hacerla, no dejarla caminar ni correr, guiarla, reacomodarla. Cagarla a trompadas y escupirle la cara. Llorar con la frente pegada a las rodillas hasta entender porqué, hasta tener la cara roja y sentarse a escribir(se), decir(se).
Los pozos occidentales y posmodernos son habitaciones de departamentos alquilados, asientos de colectivo, baño de universidades, cordones de calles nocturnas, abrazos de amigos que aunque uno no diga, entienden.