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"En el micro camino a Potosí -conozco la empatía en su máxima expresión-,
El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraña virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Si, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo sublima.
............Muriel Barbery
Y fragmentos que son lugares y rutas de Uruguay. Lugares que son vientos y el fresco pega en la cara y duele. Dolor que es amor en infinitas sonrisas.
And there was a time my heart was aching
Yes there was the day I swore
it was breaking
Under a lucky star our love was born brand new
Los separaban miles de kilómetros, calles, paisajes, costumbres… pero cada noche, al recostar sus cuerpos que extrañaban al otro, se encontraban en sueños… paseando por lugares distintos, oliendo sus perfumes, las fragancias del aire que cambia como cambian los transeúntes y las sonrisas y los soles, se encontraban para caminar abrazados sin soltarse y un poco torpes, sin saber bien a donde ir y sin que importe, parando en cada esquina para besarse y olvidar ese entorno que podía ser una plaza de Devoto o la cima de la montaña del Sagrado Corazón de Tupiza, en Bolivia… podía ser cualquier lugar, podían ser todos los lugares en un instante… todas las noches se encontraban en sueños para recordarse con amor, para reconstruir cada pedacito del otro, que es parte de uno… parte del aire.
...
Llámate flor, llámate fruta, hija de ti misma, amor predilecto de la sabia señora soledad y viste sus túnicas y collares de semillas y corales y ciñe su cinta ancha a tu cabeza y deja que tu pie camine familiar en su sandalia y que tu soleado ojo conozca el desierto intensamente, igual, enteramente, como a las lluvias que amanecen.
Él manejaba mientras ella le acariciaba la nuca desde su lugar de copiloto. Suena el disco de la película Into The Wild, pero contrario a la tristeza que trasmiten las canciones los dos se sienten muy bien. Afuera la temperatura es 0°, adentro es superior a los 20°.
Ella: ¿Por dónde vas a ir?
Él: Por autopista... ¿por?
Ella: No... por nada...
Él: ¿Querés que vaya por otro lado?
Ella: Es que por autopista vamos a llegar muy rápido. No quiero despedirme.
Él: ...agarro por otro camino entonces... sabés... podría haber tomado el camino más corto pero lo vine esquivando por la misma razón...
Los dos miran hacia la calle, en paralelo, sin cruzar miradas. Los dos sonríen.
Ella: Está buenísimo sentir que no tenés filtros en estos momentos.
Veinte minutos más tarde ella tocaba el timbre en el departamento C justo después de hundirse en un abrazo que dijo mucho más que su verborrágia característica.
Ella estaba sumergida en el stand de una librería de saldo de esas que uno se encuentra sobre Avenida Corrientes a unas cuadras del Obelisco. Buscaba no sabía bien qué en la sección “Literatura Hispanoamericana”, movía los títulos con una cotidianeidad y velocidad que sólo ella entendía tratando de encontrar ese libro que le despertara la necesidad de llevárselo como compañía al viaje que iba a emprender unos días después rumbo a Bolivia y Perú.
Había esperado tanto este viaje que la ansiedad por momentos se transformaba en miedo a no colmar sus tan altas expectativas. Necesitaba que todo sea como lo soñó.
Pensaba en esto anterior mientras sujetaba Mañana en la batalla piensa en mí, pensar, pensar, se iba sólo dos semanas y ya pensaba en todas las personas que iba a extrañar, los abrazos que iba a necesitar. Pensaba en Kundera, en el fragmento de La insoportable levedad del ser que dice algo como: “...se toma las cosas demasiado en serio, por cualquier cosa hace una tragedia...” “...¡Quisiera aprender a ser leve!”.
Pone stop a su pensamiento cuando mira a un costado y se encuentra con la mirada de él, que la observa sonriendo quien sabe hace cuanto... Siente un poco de vergüenza por unos segundos, sabe que sin querer cuando piensa en silencio gesticula mucho, pero la forma en que él la mira buscando sus ojos la relaja, le dá paz. Se saludan con las caras congeladas, es la semana más fría de lo que va de este invierno 2010 en Buenos Aires, pero la sensación térmica es relativa. Piensa cuál sería el soundtrack para esta escena... 1,2,3. No lo decide. Hay momentos que encuentran la perfección en el sonido ambiente. Es un Hecho.
Se siente leve, por fin. Está lista para emprender el viaje.
A veces encontramos literatura en pequeñas cosas, en situaciones, en abrazos, en miradas y risas y chistes, en canciones, en sueños, en expectativas. A veces recibimos una carta y descubrimos que la podríamos leer y releer incluso más cantidad de veces que a nuestro Cortazar favorito, que la armonía de sus palabras nos emocionan y el detalle de acariciarnos a la distancia cumple su propósito.
Que Murakami me moviliza ya lo he dicho y/o demostrado en alguna(s) entrada(s), pero es inevitable reiterar las citas, porque es la segunda vez en 2 días que leyendo “Sputnik, mi amor” me detengo el único fin de escribir, agarrar el bloc de notas, la lapicera y escribir.
“…A la mayoría de la gente le conviene vivir levantando un biombo que la separe. Porque es más cómodo, más práctico. Pero yo, simplemente, he quitado el biombo. Porque no he podido evitarlo. Porque odio los biombos. Porque yo soy así.”
Y a veces cuando leo cosas me veo. El autoanálisis emerge necesariamente. El fragmento que cito me retrotrae a unas noches atrás, cuando me desnudé, cuando todos nos desnudamos emocionalmente sin temores, dejamos que la tormenta que sacudió Adrogué volara la pelopincho y nuestros biombos personales. Y fue una noche única. Cada vez que estamos juntos hay una ola de felicidad que acompaña a cada uno el resto de los días, pero esta vez fue distinto. Pocas veces, muy poco, me pasó de encontrarme frente a personas y tener la certeza de que son hermosas, de sentir un carño inmenso, ese que hace doler un poco el pecho y llenar los ojos de lágrimas en algún momento.
La gente más linda del mundo me brinda amor, contención y fernet. Y yo soy feliz.
Soy feliz.
Me conmueven hasta el alma.
Rosario es la autentica cuidad socialista, y si no me cree le cuento que usted puede, como cualquier vecino o visitante de turno, desayunar o merendar por $6 en un lugar como “El Cairo”, o bajar incluso el presupuesto a desayunos hasta $4. No sólo eso, por sólo $14 pesos o menos, puede almorzar con su acompañante con bebida incluida en La Casa de Nicolás, una roticería acomodada como restaurante a la vuelta de la peatonal San Martín.
Un encanto de Ciudad, pero por favor no coma helado en el local a cuyo cartel fotografié porque afecta nuestra (la de quien más?) sensibilidad vegetariana.
ESTO es publicidad engañosa.
