14 de septiembre de 2013

Mi casa tomada

Me gustaba la casa porque aparte de espaciosa e iluminada (hoy que ese tipo de casas sucumben a los costos que una persona sola puede costear) guardaba los recuerdos de mis momentos más preciados, el amor que fue inmenso, mis amigos y la búsqueda personal.

Nos habituamos Libertad, Felicidad (mis gatas) y yo a persistir solas en ella, lo que era una locura pues en esa casa podía vivir más de una persona sin estorbarse, si es que eso es algo posible. Nos levantábamos a la mañana y me iba a trabajar después de desayunar. La mayoría de los días nos reencontrábamos recién para cenar, llenando la casa de maullidos pidiendo comida, música y aroma a especias. A veces llegaba  a creer que era ella la que me llevó a quedarme sola con ellas, aunque la idea sabía era absurda. Pasé los 25 años con la inexpresada idea de que la nuestra, simple y ruidosa familia de animales, era necesaria clausura de la genealogía asentada por la historia de familias que generaron brechas que no pude saltar. Me moriría allí o en otro lugar algún día, amigos recordarían sonrientes situaciones en la casa y la echarían al suelo para no enrístrese; o mejor, quizás sean los gatos del barrio quienes sigan manteniendo viva con sus recuerdos esta casa.

Libertad y Felicidad eran hermanas de padres diferentes. La mayor era oriunda de La Paternal, fina, esbelta. Pasaba los días durmiendo en lugares altos de la casa donde nadie la pudiera molestar. A veces por el día, otras por la noche, fiel a su nombre, salía a pasear por los techos vecinos que conectaban con el balcón. Defendía su territorio de los gatos de otras familias, que eran obligados a dormir fuera y muchas veces habían intentado buscar refugio en la casa a través de una ventana abierta o una puerta. La menor, que llegó a través de un amigo, era torpe y temerosa, juguetona como cuando era cachorra, aunque de eso ya había pasado tiempo. Buscaba abrigo en mi regazo, o en el de los invitados, era suave y peluda, y aunque a algunos molestaba nadie le negaba una caricia cuando los miraba con sus redondos ojos azules. Pasaban horas jugando juntas por la casa, recorriendo las habitaciones, trepando a las estanterías para intentar sacar algún libro y conseguir mi inmediata y consecuente participación en el juego. Podía sentir que me querían cada vez que llegada la noche se acostaban una a cada lado de mi cuerpo y me abrigaban con su suavidad y sus ronroneos. Pero es de la casa que me interesa hablar, de todas sus habitaciones que alguna vez fueron ocupadas y hoy se van vaciando de a poco, voy descubriendo ausencias, faltas, carencias. Trabajaba mucho y estábamos poco tiempo sin otra gente de visita, pero el silencio y el sonido del viento moviendo la ventana de los cuartos casi vacíos me daba una sensación de bienestar que cada tanto me calaba los huesos.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala enorme que era también  biblioteca, cocina y living, y tres dormitorios grandes que lo rodeaban. Solamente una escalera, que daba al patio compartido con otros departamentos,  nos separaban de la calle. Se entraba a la casa por ese patio, y de ahí unos metros a la puerta con rejas, a la escalera que daba a la sala principal. De manera que uno entraba por el patio, abría la abría la puerta, subía la escalera y pasaba la sala; tenía a los lados las puertas del baño y los dormitorios; cada uno con ventanas grandes que daban a balcones conectados con techos de casas vecinas. Cuando las puertas estaban abiertas advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse. Las gatas y yo vivíamos casi siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de las otras puertas, salvo para jugar o hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en todo. José C. Paz no será una ciudad limpia, pero eso no sólo se lo debe a sus habitantes sino también a las calles de tierra y la falta de cloacas. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los vidrios y las estanterías; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en todos lados.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Volvía luego de tres días de ausencia, después de pasar un campamento con mis alumnos de la escuela, eran las seis de la tarde y yo llegaba a la casa acompañada de Karen y Martín que me habían extrañado y querían tomar unos mates. Subimos por la escalera hasta enfrentar la entornada puerta que daba a la sala. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en otra habitación que conectaba con la primera en la parte del techo. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, los demás hicieron lo mismo, incluidas las gatas; apareció un felino enorme corriendo arrebatado y se encontró con las salidas cerradas, trepó las cortinas hasta derrumbarlas y huyó a una de las habitaciones desocupadas. Le abrí la ventana que daba al balcón y cerré la puerta que conectaba con la sala para que se pueda escapar tranquilo.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Karen y Martín:
-Tuve que cerrar la puerta de la habitación. El gato la ha tomado. Se parece a Miau Tsé Tung (mi primer hijo que se fue de casa hace un par de años)

Dejaron caer los celulares y me miraron con sus graves ojos cansados.

-¿Estás segura?

Asentí.

-Entonces -dijeron abriendo el paquete de facturas- tendremos que seguir en este lado, y esperar a ver si se va o se queda.

Seguimos tomando mate y charlando de cualquier cosa. Yo me quedé pensando. Me acuerdo que las facturas eran las que más me gustan, agasajo de Martín por el supuesto día del preceptor.

Cada tanto me acercaba al cuarto esperando no encontrarlo más, pero seguía siempre acurrucado sobre el tapa rollo, temeroso, temblando. Me ilusionaba pensando que era aquél gato que tanto había querido y desapareció un día sin dejar rastro. Me acordé con risas como lo habíamos buscado con su padre por las casas del barrio, gritando su nombre, moviendo su tarrito con comida, pegando carteles con su foto en los negocios y postes de luz vecinos.  Siempre había soñado con su regreso, miraba sus fotos y lo extrañaba en silencio, lo extrañaba a él y a como me sentía en ese tiempo.

Pensé que si no era Miau Tsé Tung no importaba, era otro gato perdido, asustado dentro de una casa de la que, al igual que yo en este momento, no podía salir.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. Pasaron las horas y el gato seguía ahí. Le puse comida y agua, le llevé uno de los recipientes con piedritas, dejé toda la noche la ventana abierta.


Pensé que era la casa, la que me había traído a esta situación de no poderle negar resguardo a los gatos. Pensé que quizás, en algún momento podría hablar con él y preguntarle cómo llegó aquí, si se siente a gusto o si prefiere escapar de mi. Podría adoptarlo, aceptar que la casa había sido tomada por felinos a los cuales les debía respeto y cuidado, dejar de buscar mosquiteros y no cerrar más las ventanas antes de irme, porque si la casa lo quiere así yo no podía detener el movimiento de las cosas y tarde o temprano se saldría con su cometido.

24 de agosto de 2013

Pequeña simpatía


Ayer en la parada de un colectivo esperaba, melancólica y entusiasmada, fumando. 

Una nena me miró en detalle un rato, de los pies hasta los ojos, fijos. Nos sonreímos.


Le dijo a su mamá algo que no escuché. La mujer se la vuelta y me comenta: “dice que es una lástima que una chica tan bonita fume”.

26 de julio de 2013

Extremismo emocional



Comienzo a entender un poco de que se trata eso de encontrarse con uno. Recuerdo que hubo pozos, pero son cosas que han pasado, que hoy son solo memorias. Comienzo a entender pero solo eso, al menos por el momento. Limpio mi casa, ordeno mis cosas, me cocino, intento levantarme todos los días y buscar el equilibrio entre lo que quiero y lo que necesito, que algunas veces coinciden pero no siempre.  Y cuesta, cuesta bastante pero es necesario. Correrme del extremismo emocional.

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida
y deberás amar
amar, amar hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
de tí saldrá la luz
tan sólo así serás feliz
y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
este agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por tí
por mí...
y esto será siempre así
quedándote o yéndote.


L.A. Spinetta

21 de julio de 2013

“Ella seguía buscando las palabras en el vacío”



Frío polar tanto fuera como dentro de casa. Me encierro en la habitación en la que paso muchas horas del último tiempo, durmiendo o despierta, mirando por la ventana, leyendo, en la cama, en el piso, en el sillón, en el balcón. Y paso horas, buscando en los rincones, en las páginas de libros, notas, manuscritos. Escuchando música, buscando en Bill Evans o Morrisey, alternando estímulos, buscando. Sigo buscando en el vacío que lleno de cosas y de gente. Busco desesperada un poco de luz.

Y es difícil cuando uno piensa que lo guía el sol, siempre. Porque la tarde está nublada, el pronóstico del tiempo anuncia una posible nevada en Buenos Aires. Y aunque sean las cuatro de la tarde de un domingo en medio del receso invernal; afuera el cielo está gris, y la lluvia tenue cala profundo en mi ventana, me congela los huesos.
Hoy le tengo mucho miedo a las tormentas.

Varios pájaros se cubren del temporal en el techo de mi balcón. 
Vamos a estar a salvo.




18 de julio de 2013

“De como el feminismo me cagó la vida”


El feminismo me cagó la vida.
Ningún lugar volvió a ser habitable como antes.
Yo era perfectamente rebelde.  Médica para los pobres, con conciencia política de izquierda, lesbiana orgullosa. Me sentía libre de cualquier prejuicio, al feminismo no entré me entró. Entró en mis libros, en mi cama, en mis insomnios.
Perdí mi casa, mi trabajo, mi novia. Mis amigos comenzaron a mirarme raro. Soportaba cada vez menos los eventos familiares.

Me molestaba todo lo que antes me hacía sentir segura. Empecé a dudar cada vez que me sentía cómoda. Empecé a vivir en un estado de crítica constante, de eterna suspicacia. No volví a tener una certeza nunca más.
El feminismo no es complejo, es desgarrador. Es implacable, cuando se mira ya no se puede dejar de ver.
Me dicen que soy radical, y pienso: ¿cómo se puede ser feminista a medias? Yo no quiero cambiar el mundo, quiero destruirlo y hacer otro de nuevo. Aspiro a esa libertad que todavía no conocemos, no tenemos referentes. Para saltar al vacío sólo contamos con nosotras mismas y lo que nuestras ancestras tienen para decirnos.
Hoy tengo trabajo, voy al supermercado, disfruto lo que me queda de este mundo. Me emborracho y me drogo con frecuencia. Pero vivo en una casa, pago mis cuentas, hablo con la gente cosas cotidianas. Trato de no llamar demasiado la atención.
Me cuido. No sirvo deprimida ni muerta, ni encerrada en un manicomio que es donde el sistema nos confina, ahora que ya no estila quemarnos.
El feminismo me cagó la vida y se lo agradezco.
En realidad, lo único que perdí fue el miedo.

Productora HDCH

www.ivaginariocolectivo.wordpress.com

15 de julio de 2013

El mundo un cuadrado



Durante toda mi juventud, hasta ahora, escapé sin saber a qué, de qué.
Múltiples artilugios me ayudaron. Me convertí en una experta en confeccionar planes, huidas, rupturas… pero también explicaciones lógicas y menos dolorosas que las reales.

La misma necesidad de escribir esto implica huir de algo, obligarme a meterme en la cama, con un pucho en la mano izquierda y el mate en la derecha.  Me sorprende la destreza que adquirí para tener tantas cosas metidas en la cama conmigo. El mate, los puchos, la cámara, un libro para reseñar, la computadora portátil de la que suena por segunda vez el concierto de Piazzolla en el Festival de Jazz de Montreal. Y recuerdo un fragmento de Rayuela en la que Oliveira explica como el hacer algo significa no hacer muchas otras cosas. Me alegro de que la habitación esté templada, no como el resto de la casa. Por el ventanal que da al balcón entra el sol de invierno a las 5 de la tarde. Es hermoso, pero breve.

No estoy feliz pero no se explicarlo. Aprendí de contextos muy extraños y no tengo buenos referentes. O supongo que los que tengo siguen vivos y yo soy mucho menos tolerante para los demás de lo que soy conmigo misma. Me exijo por otros lugares, como mis contradictorios estilos de vida. No tengo las categorizaciones muy claras.

Estoy trabajando sobre ello.  El día está perfecto. La noche puede ser más dramática. Las gatas están hermosas para ser fotografiadas.

El mundo en un cuadrado I

El mundo en un cuadrado II

El mundo en un cuadrado III


31 de mayo de 2013

Volviendo a Murakami




Me despierto a medianoche, me siento sola, muy lejos, como a quinientos kilómetros, alejada de toda persona y de todo lugar, en las tinieblas, sin poder ver mi futuro mire hacia donde mire, y me coge tanto miedo que me entran ganas de gritar.



27 de marzo de 2013

Amar la trama


Los tiempos alborotados nos dejan sin tregua. Después de moverse y pensarse una y mil veces sobre las cosas más variadas, sobre el pasado y el presente. Sobre el futuro. Uno se encuentra que las cosas pasaron y lo tomo por sorpresa otro tiempo diferente. Más pausado, quizás,  más tranquilo. Y es que el tiempo no pasa por la vida sin dejar rastro, y cada tanto nos desconcentramos y se encarga en ponernos frente al lugar indicado, en el momento presente.

Amar la trama y el desenlace.

22 de noviembre de 2012

bluaskjdjjjjjjjjjjjjjj (esto es un vómito)




Antes que nada, y como no quiero herir susceptibilidades, advierto que voy a hablar mal, muy mal, de mi papá. Pero tengo razones, y como esto es un blog personal, quiero contarlas acá.


Los recuerdos de mi infancia con mi papá son muy felices. Cosas simples y de todos los días, porque fue siempre un papá cariñoso.



Los dos primeros recuerdos de él como una persona violenta, vienen de alrededor de los 9 o 10 años. Estimo la fecha, aunque no con precisión, porque recuerdo que estábamos agrandando la casa y había que caminar en un pasillo sobre algo así como un peldaño de madera, muy bajito, sostenido por una tabla larga y algunos ladrillos apilados que le daban una altura mínima. Recuerdo esto porque sé que me gritó y me empujó, pero no recuerdo bien por qué. Sé que me dolió el golpe al caer, y después. Sé que después de llorar un rato, creo que al lado de mi hermano en una habitación vacía en construcción, que después fue el cuarto de Matías y ahora está desocupado; ahí, después de llorar un rato apareció mi papá y me pidió perdón por única vez. Recuerdo que me costó mucho perdonarlo. Creo que esa fue la primera vez que lo desconocí. El otro recuerdo no se bien cuándo fue, quizás antes, pero es la voz de mi mamá, creo que íbamos caminando y no se porque razón me contó que cuando estaba embarazada de mí, discutiendo con mi papá, él la empujó cuando estaban bajando de un colectivo. Esto último lo tenía muy guardado de mí, lo recordé hace muy poco y me generó una angustia inmensa.



Lo que siguió no se bien como fue. Sé que me fui varias veces de casa a muy temprana edad. Me iba, por poco tiempo pero salía como huyendo. A los 16 me fui varias veces a lo de una amiga y a lo de mis primas. A los 19 algunos días, varios, a lo de un novio y al departamento vacío de mi prima. Ya trabajaba y estudiaba, podía pasar el día fuera de casa y dormir en cualquier otro lado. Recuerdo que hubo temporadas de tranquilidad, pero siempre cualquier cosa podía disparar una pelea interminable, con, incluidos cual drama o terror berreta, escenas de golpes, amenazas de todo tipo, entre las cuales no es menor la vez que mi papá amenazó con matarme y suicidarse, ambas el mismo día mientras sostenía un arma en la mano. A pesar de todo eso mi familia para el resto del mundo era ejemplar. 



No se como todos pudimos mantener tanto tiempo esa situación naturalizada, teniendo en cuenta que la violencia podía tener cualquier dirección entre mi mamá, mi hermano y yo. Pero la tuvimos, incluso hoy quedan síntomas como improntas.




Recuerdo que cuando estudiaba y empecé a trabajar tuve la mejor compañera del mundo, que además se convirtió en una amiga-hermana. Con ella aprendí que hay cuestiones aprendidas por el entorno, que uno es porque ha socializado en un contexto y que a la violencia se la llama por su nombre. Creo que Lorena fue la primera persona con la que pude hablar con el corazón abierto, con la que aprendí a dejarme ser lo que yo quiero ser.



Siempre lo que más me costó fue pensar que podía repetir modelos que no eran los que yo quería para mí. Siempre corrí de todos los lugares que me llevaban a eso de una u otra manera, rompiendo vínculos, tratando de ser sincera, devolviéndole el escupitajo en la cara a quién lo hacía conmigo primero. El día que mi papá me tiró aceite frío encima y me agarró de los pelos para tirarme al piso y golpearme, ese día yo intenté defenderme tratando de lastimarlo con un cuchillo sin filo. Ese día sentí que era él o yo. También fue el día en que me di cuenta que para vivir como yo quería vivir, tranquila y sin miedo, tenía que irme de mi casa materna. Solo así podía empezar a intentar no repetir los modelos que aprendí.



Y me fui, primero con mi hermano y después con el novio con el vivo. Me fui y volvimos a pelear varias veces. 

Desde el momento en el que tuve mi hogar, cada escena de gritos, retos absurdos, o violencia verbal me alteraba de una manera terrible. Cada tanto dejaba tiempo pasar sin ir a visitar a mis padres porque quería evitar cualquier situación incómoda, y por miedo. Pasados algunos días volvíamos a vernos seguido y pasar tiempo juntos. La diferencia entre mi hogar y mi casa materna me resultaba abismal. 

Un día, después de una secuencia estúpida en la cena de navidad, decidí no hablar más con mi papá. Hacía casi un año también habíamos discutido y pasamos de enero a marzo sin hablarnos, incluido el día de mi cumpleaños donde mi papá me mandó un msj de felicidades y le respondí textualmente: “Te amo por muchas cosas pero te odio por muchas otras que nunca me voy a olvidar”. No me respondió más. Volvimos a hablarnos en Marzo de ese año porque en una crisis de angustia Víctor, mi novio, me ayudó a intentar arreglar las cosas. Pasado un año de eso, y continuando las cosas igual, dejé de verlo. Han pasado 10 meses y 27 días. He pasado por muchas cosas en este tiempo, hermosas y terribles. 



Estoy feliz, sigo con mucho miedo, conocí a mi mamá y la volví a perder. Me sostienen las personas más maravillosas de mi mundo, y del mundo. Ansío estar en paz.

Hoy es un día de paz, porque entender la historia propia para conocerse y a partir de eso construir, es lo mejor que nos puede pasar en la vida. 



Espero que me alcance el resto de la vida para agradecer a toda la familia inmensa que elijo todos los días.



9 de julio de 2012

estoy determinada a angustiarme en formas obvias


Me causa tanta gracia que le saco una foto para que entiendan de que hablo sobre que estoy determinada a angustiarme en formas obvias.



Vic estaba tocando el violín mientras Libertad jugaba dentro del estuche mirándolo. Yo prebaraba una sopa en la cocina y me daba risa ver la situación tan evidente, tan común, como premeditada. Él concentrado en su práctica de violín mientras yo preparaba una sopa, recordando algo que pasó ayer. Yo me di cuenta que ese momento iba a ser parte determinante en la película de mi vida.

Estaban en una merienda de cumpleaños de una amiga que consideraba su hermana, ellas de casi la misma edad. La casa tenía un patio interno, y una enredadera que subía por una escalera hasta una terrazita. Por la tarde había gente en todos lados, pero era invierno, y esas tardes se reducen en tiempo. La gente se iba yendo y los que iban quedando estaban adentro, más calentitos y con palo santo encendido.
Ella, emborrachada de amigos, ve el momento en que la cumpleañera despide a su padre, al que ama y reclama, así como ella. Ve a su hermana amiga, abrazarlo fuerte y hundirse en su pecho como una pequeñita. Se siente maravillada con ver a su amiga tan pequeña y tan feliz. Se obnubila.

Del otro lado, como un salvavidas, aparecía el grito de otra hermana, que la había observado mirar lo mismo, y le decía “Cambia de película Catyy..”. Y volvió en si, la miró un segundo con una sonrisa de agradecimiento y se hundió en el hombro de él, que la abraza y no entiende, pero tampoco pregunta, porque sabe que no es momento.Sigue la tarde, divertida y feliz. Sigue, la vida.”

Y Vic sigue tocando el violín y yo me voy a seguir preparando sopa.
Y a contarle que ayer tuve un momento de esos que sabemos que van a ser determinantes en la película de mi vida.


(y como la vida no se cansa de ser karma, acabo de comerme la mejor mandarina de mi vida)